En 1983 disputó el título mundial con Michael Spinks. Hoy enseña el boxeo a jóvenes de Breña

Fernando Lozano Chávez

Oscar RivadeneyraÓscar Rivadeneyra podría ser la prueba final que todos los peruanos estábamos esperando: quedarte en el casi no es tan malo. La noche del 25 de noviembre de 1983, en el Pacific Coliseum de Vancouver, Canadá, fue noqueado en el décimo asalto por el estadounidense Michael Spinks, con quien disputaba el título mundial de los semipesados.

Otro peruano por el título del mundo, el tercero en ese año ‘glorioso’, así, entre comillas, para el boxeo nacional. En abril, Luis Ibáñez había caído en Tokio en otra final del mundo ante el japonés Jiro Watanabe, y en setiembre, Orlando Romero, ‘Romerito’, fue aplastado por ‘Boom Boom’ Mancini también en una pelea por la corona global.

‘Romerito’ es famoso: es dueño de un restaurante y un pub en Madrid, y en julio inaugura una disco pub, según se lee en su moderna página web.

Óscar Rivadeneyra tampoco puede quejarse. Pronto se irá a Estados Unidos a reunirse con su señora y su hijo, y mientras tanto administra acá en Lima tres academias de boxeo, una en San Juan de Miraflores, otra en La Planicie y una más en Breña. En esta última lo encontramos como en su hábitat natural.

Aparece con un polo celeste y un pantalón de buzo, rápido, casi hiperactivo. Uno, dos, sus movimientos por momentos son tan violentos que parece que te va a pegar. Pero sus palabras, lentas pero contundentes, como –suponemos– sería el golpe de un George Foreman en decadencia, ponen el equilibrio.

Round uno. Era una pelea a 15 asaltos, Rivadeneyra estaba acostumbrado a pelear a 12. Empezó bien, sorprendiendo con su rapidez. Round dos. Spinks le corta la ceja izquierda. En su carrera le pasaría lo mismo 14 veces. Round siete. Hasta ahí iba ganando la pelea le contó después un italiano que estaba en el jurado y que lo felicitó. Round ocho. El gigante (1,92 m, siete centímetros más que él) le pega en esa fuente de sangre que era su ceja. Round diez. “El décimo… sí, yo reconozco que me apabulló en esos tres últimos rounds. Eso fue todo”. KO.

ÓSCAR DE HOY
“En vivo. Por el título vacante del Campeonato Mundial Semipesados. Michael Spinks vs. Óscar Rivadeneyra”, dice en inglés el aviso amarillento del diario “The Sun” del 24 de noviembre de 1983 que anuncia la pelea para el día siguiente, y que el boxeador sacó de su caja de recuerdos.

“Asu, es el profe”, grita uno de los 30 chiquillos que Rivadeneyra tiene a su cargo en el improvisado pero útil gimnasio de boxeo, con ring incluido, que dirige en Breña bajo el manto de la municipalidad. La señal alerta al resto, que se acerca a ver, por primera vez, las fotos de Rivadeneyra aguantando a Spinks, el mismo que cinco años después, en 1988, sería destrozado por Mike Tyson en el primer asalto.

“Perdí la oportunidad de ser campeón del mundo, lo que buscaba desde que empecé, lamentablemente fracasé”. ¿Qué pasó? Porque esta vez, también, nos quedamos en el casi. “Falló mi esquina, me partieron la ceja y no pudieron parar el sangrado”.

Rivadeneyra cuenta que llegó a EE.UU. en 1981, tras ganar el título Intercontinental de América. Obtuvo también el título de California y entró al ránking mundial de la AMB en el puesto siete. Unas peleas más y ya estaba peleando por el título del mundo.

“Creo que en el tiempo que estuve allá he dado prestigio al boxeo peruano”, afirma sin ánimos de creerse nada. Peleó hasta 1986 en ese circuito y luego regresó al país para retirarse poco a poco. En 1987 se fue hasta la Patagonia en Argentina para pelear nuevamente por el título Intercontinental, pero su combate contra Víctor Marcelo Figueroa quedó anulado porque le metió un cabezazo. “Esa fue mi última pelea”.

¿El casi no es tan malo? “Cómo no, si perdí un millón de dólares. Ya había firmado que si ganaba la pelea mi defensa del título sería por esa cantidad. Solo me llevé 66 mil dólares. Fue la derrota de mi vida ¿Sabes lo que es perder un millón?”.

* Publicado el 16 de junio de 2007 en el suplemento Deporte Total de El Comercio. Foto: Sebastián Castañeda, El Comercio.

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Este año se celebra en Perú el centenario del nacimiento de Carlos Oquendo de Amat, un poeta peruano casi olvidado por los académicos, y cuyos versos han sido llevados este 2005, del papel a los cerros del distrito de Comas, una de las zonas más marginales de Lima.

Yo sé que ustedes no tienen la menor idea de quién es Carlos Oquendo de Amat. Yo tampoco lo sabía hasta hace poco. Es decir, no lo ignoraba, sino que no lo conocía. Si me lo hubieran preguntado hace un mes, habría dicho: es un poeta peruano, vanguardista y comunista, nació en la provincia de Puno, y su obra se resume a un libro que se abre como un acordeón, tan magnífico como raro: Cinco metros de poemas, publicado en 1927.

Una mañana nostálgica volví a leer uno de sus versos en un cerro en el distrito periférico de Comas, al norte de Lima, visible desde la salida de mi casa. “Se prohíbe estar triste”, decía la frase pintada con yeso en aquella loma terrosa, en un rectángulo de 100×40 metros, bajo el dibujo de un enorme sombrero símbolo de la celebración del centenario de Oquendo.

Esta figura no era la única. En otros tres cerros que bordean la avenida Túpac Amaru también se había “desdoblado el paisaje” y “se alquilaba esta mañana”.  Los cerros habían sido invadidos este año de poesía, cómo en los 60 lo fueron por inmigrantes provincianos que llegaron en masa desde la sierra a ocupar las arenas por la fuerza. Se trataba de Cinco cerros de poemas.

Desde el punto de vista material, los Cinco cerros… son un conjunto de versos escritos con yeso sobre los más cerros más visibles de Comas, y que se pueden apreciar desde la combi, la bicicleta, o caminando por las avenidas, “pero conceptualmente consiste en devolver la poesía de Oquendo a la ciudad. Hemos querido parafrasear el título de su único poemario y darle un carácter lúdico y no tan solemne”, explica Gabriel Espinoza, director del colectivo literario Dedo Crítico, que anualmente publica una revista del mismo nombre y que  ha ideado esta original forma de celebrar el centenario del poeta.

La oferta cultural limeña se centra en los distritos Miraflores, San Isidro o Barranco. El Cono Norte abarca seis distritos y tiene el 26% de los más de 8 millones de habitantes de Lima, sin embargo, sólo existe una pequeña librería en el Centro Comercial Megaplaza. Por eso el esfuerzo de dar a conocer la poesía a sus habitantes es tan celebrado.

“Los cerros han sido utilizados para infundir miedo. En los 80, después de un bombazo, Sendero Luminoso (grupo terrorista de filosofía marxista-maoísta-leninista, liderado por Abimael Guzmán, condenado a cadena perpetua) dibujaba la hoz y el martillo con fuego. En el 2000, los cerros estaban llenos de propaganda electoral fujimorista”, explica Gabriel, quien se refiere a las inmensas pintas hechas en los cerros de todo Lima, por el grupo político del ex dictador Alberto Fujimori (1990-2000), PERU 2000, pagadas con dineros ilegales según varias denuncias.

Los dibujos tienen en promedio 100 metros de ancho por 70 de alto. Hay excepciones, como la carátula del libro que mide 150×150. Eso nos lo cuenta Ampilio Durand, el joven artista autodidacta que hizo los dibujos en los cerros a quien le cuesta entender qué significa “Se ha desdoblado el paisaje”, una de las pintas en el asentamiento humano Vista Alegre. “Significa que el clima está cambiando”, afirma con inocencia. Ampi, como lo conocen en su barrio La Balanza, enclavado unos cerros más al norte, sin embargo, es artista por naturaleza y mide los metros con sus pasos. “Por eso digo que he hecho mis dibujos al ojo”, afirma. Flaco y desgarbado como una garza enferma, tal vez como el propio Oquendo, a sus 31 años hace camino al andar se podría decir de él parafraseando a Machado.

Es bien sabido que para realizar cualquier actividad que saque de su cotidianeidad a los cerreños, primero se les debe preguntar. Cuando el equipo de Ampi pintaba la frase “Se alquila esta mañana” en el cerro que cobija en sus faldas al asentamiento humano Año Nuevo, los vecinos se asustaron, les reclamaron y trataron de lincharlos. Pensaban que los iban a desalojar.

Era comprensible, y hasta previsible. A los pobladores, nadie los saca de sus cerros ni se los quita. Ellos, de una tosquedad como aprendida para defender sus esteras y sus terrenos sin título de propiedad, lucharían antes de que intenten botarlos. No entendían que se trataba de poesía. “Se viene Gremco”, decían otros, preocupados de que una empresa constructora que ha levantado algunos modernos edificios de departamentos en los cerros del distrito La Molina, antagónico de Comas al este de Lima, pretenda hacer lo mismo con los suyos. Ampi y sus muchachos lograron salvar de la golpiza mostrando una copia del poemario.

En otros asentamientos, algunos dirigentes comunales los vigilaban todo el día, algunos les ofrecían gaseosa y otros le soltaban los perros. Los estudiantes iban en grupos y le preguntaban sobre Oquendo. Ampi les contaba lo que podía y sacó su conclusión. “Creo que los cerros deben servir para la educación. Se debería seguir pintando poesías para motivar a los jóvenes. Ya no habría 100 poetas sino 1,000”.

Los cerros también forman parte de la simbología sagrada de los andes peruanos, de donde proviene la primera generación de habitantes de Comas. Los Incas consideraban que los “Apus”, como llamaban a los cerros, albergaban el espíritu de sus dioses, y los adoraban haciéndoles ofrendas.  Eso es parte de la historia, pero a los “apus” todavía se les respeta. “Por eso lo primero que se hizo fue ponerle sombrero al cerro” dice Gabriel sin rastro de broma.

La idea de celebrar a Oquendo pintando en la arena surgió en una fiesta. Los integrantes del colectivo participaron en una reunión social con el alcalde del distrito de Comas, Miguel Saldaña, cuya gestión cuestionada y resistida –incluso tiene una sentencia judicial para dejar el cargo–, se caracteriza sin embargo por el matiz cultural que le ha querido dar al distrito, organizando conciertos de música clásica y festivales anuales de teatro al aire libre.

“Es un loco, hazle la propuesta”, le dijeron a Gabriel, quien se atrevió. Saldaña estuvo encantado. Gabriel pensaba que su idea iba a caer en saco roto, como pasa con las promesas de los políticos, pero el alcalde lo llamó temprano en la mañana. “Y compadre, cómo es, o pensaste que me iba a olvidar”, le dijo. Se pusieron manos a la obra.

Ampi subcontrató a cinco ex pandilleros de su barrio –él mismo lo fue–  para que le ayuden a hacer las pintas. La técnica utilizada, explica, fue demarcar los contornos del geoglifo con pavilo (una soguilla delgada y muy resistente, que se usa para volar cometas) y comenzar a dibujar el interior al cálculo. Sus ayudantes rellenaban los espacios que se formaban, utilizando en total 500 bolsas de yeso de 25 kilos cada una. El trabajo estuvo listo 5 semanas.

Suena sencillo cuando te lo cuentan pero no lo es. El dibujo de la portada del poemario, en el cerro del asentamiento Villa Clorinda de Málaga, fue el más complicado y le tomó a Ampi y a su equipo tres días de trabajo. Llegar tan sólo al pie de la falda del cerro, donde se acaban las chozas de estera y ladrillo sin tarrajear y comienza la subida  a la arena en un ángulo de 40°, es cansado hasta para quienes viven aquí, sólo que ellos ya están acostumbrados. El artista nos sorprende contándonos que este es el menos empinado.

¿Usted entiende lo que dice ahí?, le pregunto a Elena Dora Menacho Cárdenas, de 32 años, una mujer negra, ancha como el cerro en el que descansa su casa en el Asentamiento Humano Villa Clorinda Málaga. “No sé, Amat creo, debe ser la pinta de algún político”, responde casi molesta. La segunda fase de la “incursión” en los cerros, tratará de hacerle entender a personas como Elena, la vida y obra de Oquendo de Amat, pero sinceramente creo que no les interesa.

Esta gente ocupa su tiempo luchando todos los días ante un país que los ignora, para los que sólo son visibles en épocas electorales, como ahora que se avecinan las generales en abril de 2006. No obstante los políticos jamás prometen construir bibliotecas o teatros. Saben que las necesidades de estas personas, que no sienten la mejora económica que atraviesa el país y que el presidente Alejandro Toledo (el más impopular de América) llama “chorreo” en su peculiar estilo, son otras.

Tal vez por eso Elena está más preocupada en el anunciado regreso de Fujimori al Perú que en si la derechista Lourdes Flores va a la cabeza. “Si el chino vuelve se la lleva”, afirma haciendo eco a ese 11% de peruanos que según las últimas encuestas creen que todo tiempo pasado –con Fujimori– fue mejor. Pienso, con desconsuelo, que tal vez sería diferente si Elena conociera y leyera a Oquendo y le gustara la poesía.

 

Un comunista que vivió para la poesía

Pocos académicos habían escuchado hablar sobre Oquendo hasta que Mario Vargas Llosa lo rescató del olvido en 1967, en el sentido discurso-homenaje La literatura es fuego que pronunció cuando recibió el premio Rómulo Gallegos en Caracas por su segunda novela, La Casa Verde, publicada un año antes.

Carlos Augusto Oquendo de Amat era un provinciano cosmopolita. Nació el 17 de abril de 1905 en la ciudad de Puno y sus padres lo trajeron a Lima cuando tenía tres años. Pasó su niñez en los Barrios Altos, una zona tradicional de Lima hoy ganada por el lumpen; sus estudios secundarios en el colegio Nuestra Señora de Guadalupe, cuna de grandes intelectuales peruanos, también venido a menos; y su ingreso a San Marcos, la decana de América, alma mater del propio Vargas Llosa. Pero estos datos se ven empequeñecidos cuando se comparan a su mito.

En 1927, publicó sus 5 metros de poemas, un libro-acordeón con 18 poemas y 4 textos poéticos que, expandido, mide 4,16 metros. Editó unos 300 ejemplares. Los críticos señalan que es una mirada del campo a la ciudad y un salto del optimismo del amor a la oscuridad de la muerte y la locura. También una innegable relación con Trilce de César Vallejo, publicado en 1922.

Oquendo, contagiado de la pasión socialista de  Mariátegui, nunca volvió a publicar. Al contrario, fue perseguido y torturado, y deportado a Panamá en 1935, desde donde dio el salto a Europa, casi terminado por la tuberculosis. Pasó sus últimos días en la clínica para enfermos del pulmón de Navacerrada, en las sierras del Guadarrama, donde expiró el 6 de marzo de 1936, a poco más de un mes de cumplir 31, una edad que no se podía permitir, según consta en su poema New York: “NADIE PODRA TENER MAS DE 30 AÑOS”.

Publicado en el segundo número del suplemento cultural Arcadia, de la revista Semana de Colombia

Imagen: Captura del suplemento Identidades del diario El Peruano

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